7 de abril de 2013

Todo empezó una noche fría de marzo

Los ojos me picaban, se me empañaban, las imágenes se distorsionaban, y entendí que estaba llorando cuando las lágrimas mojaron mis labios. 
Todo a mi alrededor se movía muy deprisa, y yo sin embargo, parecía que iba a cámara lenta. Mis piernas se movían solas, no era dueña de mi cuerpo, mi mente no se encontraba pisando ese suelo de piedras grises mal colocadas, simplemente corría, corría sin detenerme por nada, las lágrimas se derramaban por mis mejillas heladas en aquella noche fría y lluviosa de marzo, y solo un pensamiento en mi cabeza que no paraba de retumbar y volver como si fuera un eco...
Reconocí esa voz después de dos segundos de contestar a esa extraña llamada a las diez y media de la noche. Esa dulce y tierna voz que reconocería en cualquier parte, pero esta vez era triste, llena de miedo. Ella lloraba al otro lado del teléfono, a unos pocos kilómetros de distancia. Tres palabras logré entender. Después todo se paró. El mundo se me hizo frío, frágil, de cristal. El suelo desapareció bajo mis pies. Y yo me precipitaba hacia un abismo oscuro, muy oscuro, del cual estaba convencida que nadie podría salvarme.

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